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Cuando se acercaba el fin de esa semana, a la hora del café, te escuché hablar de lo jodida que se puede poner la vida y volver sobre las calamidades que te acosan recitadas en estricto orden cronológico -aunque creo que hubiera sido más riguroso ordenarlas según creciente desesperación-.
También te escuché exponer tu negligente hipótesis explicativa…

Dios tiene que existir -gruñiste- de otro modo ¿a quién podría culpar por todo esto?

No quise en ese momento ser odiosa, ni menos merecer el lugar final de tu lista, pero tu explicación no sirve y no tengo ganas de permitirte ese tonto consuelo.

¿Cómo saber -ingeniosa mujer- si quizás no te sucede porque la emperatriz viuda de China ha pronunciado por casualidad hace un año, en un momento equivalente precisamente a este mismo, alguna palabra de poder místico?

Y hago esta aclaración no para evitarte el alivio,
sino para que puedas irritarte conmigo.

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