Etiquetas

El Sr. AB tercero en el orden del linaje se despertó otra vez aburrido esa mañana, y la máquina nuevamente suspiró.
(También ella estaba aburriéndose del aburrimiento extendido del Sr. AB)

Para ser justos, que al Sr. AB lo aburrieran su nombre, las pestañas de chica y el mundo donde vivía, no podía serle reprochado. Él no los había elegido, y efectivamente, hasta la máquina concedía que, en épocas en que se estilaba la proyección visual del nombre personal, utilizar un viejo código lingüístico era de lo más engorroso (el primero en el orden del linaje se presentaba a si mismo en ON/OFF y el segundo en estereoisómeros Levo y Dextro).

Vivir en ese mundo no era para tanto displacer, creía la máquina, pero allí estaba él, como persona real, solo, y por lo tanto tampoco podía mostrarle a nadie las pestañas que heredaban los vástagos en su linaje. (Pero nada de eso era de incumbencia de la máquina, ¿verdad?)

El Sr. AB ya tenía treinta años viviendo, y eso suponía una vida muy larga, un final más o menos cercano y, lo más importante para la máquina, difícil de complacer. Había creado para él las montañas más hermosamente peligrosas para que arriesgara su vida, y él las rechazó porque le faltaban hielos y suficientes muertes. Desincronizó la percepción temporal, de tal modo que los días de trabajo pasaran más lentamente que los días de fiesta y así se prolongaran las semanas, y él la trampeó negándose a vivir días de trabajo. Contactó a una mujer tan lejana en todas las coordenadas que nunca podría tenerla, y él se resistió a consumirse de amor. Llenó la cámara de neón con una familia de fantasmas, y él no se asustó. Le dio ángeles perversos, emociones mezcladas, fama, esplendor intelectual, viajes, riesgo, vida solitaria, tragedias… y todo terminó aburriéndolo.

Todo es igual a todo, le dijo a la máquina, nunca estuve tan cerca como hoy de estar deprimido“.

Y justo esa mañana, cuando la máquina detectaba con profundo fastidio, que el Sr. AB tercero en el orden del linaje iría a pedirle que transformara la mitad meridional del mundo en queso verde, con el único objetivo de sentir con sus pies esa clase de suelo, el Sr. AB se arrepintió de su deseo.

Quiero que decidas por mí, exclamó, hazme sentir menos aburrido“.

Y el segundo suspiro de la máquina esa mañana fue de genuino alivio. (Era una máquina y no tenía mejor nombre a causa de la pereza del Sr. AB, pero merece ser compadecida)
Entonces, la máquina abrió compuertas olvidadas, desplegó sus brazos articulados, y lo tomó de los hombros. El Sr. AB giró pasivamente por el impulso y se encontró mirando a la puerta de salida de la roseta. Podría jurar que la máquina disfrutó cuando sacó una extremidad articulada más, y le dio un empujón tan sorprendentemente enérgico que lo envió hacia afuera, como si se tratara de una patada en el culo.

Todo es igual a todo, le dijo, y eso qué maldita cosa puede importar si no fuera ¡para ser aprovechada!”

Y así fue como el Sr. AB tercero en el orden del linaje salió a jugar con los monstruos en la vereda.

Anuncios