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las espirales son círculos
poco redondos

Detrás de todo hay una historia, y cuando transcurren años suficientes para examinar las cosas con mirada retrospectiva, a veces es posible decidir cuál fue la causa primera que les dio su forma.

Yo creo que todo empezó en realidad la primera vez que, terriblemente asustada, hundí la cabeza entre los brazos de mi mamá y estando allí dejé de tener miedo.
Y así fue que lo hice incontables veces después de esa primera vez.
Podía esperar abrazada en ese hueco a que disminuyeran el alerta y el miedo, hasta que se me hacían audibles los latidos y la respiración de mamá detrás de la tela de su vestido, y sentía crujir los pequeños movimientos a la altura de mis oídos. Ese era el momento en que podía aventurarme y mirar de frente al fantasma maligno, animarme a pisar los sueños, dejar que entraran en mi casa las monstruosas maestras y las peleas, y hasta permitir que exploraran donde me dolía.
Si a todo eso me atrevía era cuando no me inquietaba nada, y el aire y las lágrimas no se me quedaban afuera, sino que podía tragarlos porque la garganta ya no me ajustaba.

Por ese entonces, todo lo que pude averiguar sobre la maquinaria que le daba solidez a esa seguridad fue que un día desapareció. Pero qué importaba, habían desaparecido también el nudo en la garganta y lo que me amenazaba.

Muchísimos años después, pasados unos días de cumplir los nueve, a José Gabriel le extirparon las amígdalas.
Cuando despertó de la anestesia yo estaba sentada a su lado en la cama.
Todavía confuso y llorando por ese lecho cruento que quedó en su garganta, tomó mis manos y las afirmó haciendo un marco donde dolía.
Permanecimos horas así, yo envolviéndole el cuello con las manos, él sintiendo ceder la envoltura del dolor y envolviéndose en la sensación de mi abrazo.
Y mientras templaba con respiración tranquila el refugio para mi hijo, también luchaba contra terrores que no él, sino yo, iba llamando de a uno y después disolvía.

-Fantasmas de la hemorragia, la fiebre y el colapso, angustia de los labios azules y la palidez fría, mi hijo duerme conmigo y seguro, no pueden sujetarlo, ni tan siquiera existen para él si todavía no tienen nombre- y así repetía una y otra vez mi maquinaria de preservarle el mundo y de acunar protecciones.

Trazar en papeles las líneas del tiempo de las historias es un interesante ejercicio, y puede ayudar a descubrir su longitud y sus formas.
Y si en una tira de dimensiones adecuadas se marcan los puntos, al quebrar la línea del papel se pueden enhebrar equidistancias corrugadas o laxas asimetrías cuando se traspasan con una aguja esos, no se cuántos queden al final, puntos enfrentados.
Los resultados pueden ser asombrosos.

He notado, por ejemplo, que la aguja que pliega esta historia desde la primera causa, al atravesar el último de los nudos de espanto dejó a la vista el extremo de un cordoncillo de color brillante.
Yo había esperado que me quedara en las manos una envolvente y apretada guirnalda de papel plegado, y no dejó de extrañarme cuando sentí la punta de la aguja perforando, al final, el centro justo de mi garganta.

 

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