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para vos, con todo mi amor

Y otra vez
-¿Vas a levantarte? -le preguntaban.
-Está bien -respondía.

Pero desde incluso antes de recuperar la conciencia del todo, recuperaba las imágenes del sueño, y el ansia. Despertaba y deseaba estar durmiendo, porque la pena en los sueños era menos verdadera.
Ahora, con la cabeza descalza y luz de día, las cosas se las arreglaban para condensarse en algo parecido a una racionalidad que podía ser obedecida.

-Tengo que hacer algo -se dijo- cada día es peor, más y más fantástico. ¿Adónde me va a llevar todo esto?

Por lo pronto, decidió, a lo único que estaba en condiciones de hacer que sucediera.
Llegó al Instituto a tiempo para cumplir la cita, pero muy pronto para todo lo demás, en definitiva. ¿Era ésta la respuesta?

-Buenos días -saludó sonriente el Director.
-Si, es justo lo que espero de ustedes -contestó-. Estoy aquí para conocer acerca de su curso de lingüística.
-Nos preocuparemos de que así sea -con más sonrisas-. Y nuestros honorarios son muy razonables, considerando los beneficios.
-¿Cuán seguro es de que valga la pena? -dijo-. Cuesta mucho y realmente tengo la impresión de que no conseguiré nada.

«Cuesta tanto como ser recuperado desde allá», pensó.

-Usted tendrá pruebas tangibles, todas las que necesite -aseguró enfáticamente el Director-. Todas las pruebas que necesite de lo que sintió y habrá dejado de sentir. Vea usted estos folletos.
-¿Es tan convincente ese curso inyectable? -preguntó.
-Mucho más convincente que la realidad. Escuche con atención lo que voy a explicarle sobre nuestros procedimientos y sus fundamentos científicos, por favor. No se trata de alterar su memoria ni de implantarle recuerdos falsos de un alivio que hasta ahora no experimentó. Se trata simplemente de adecuar el funcionamiento de su cerebro a los códigos lingüísticos y modificar sus experiencias conforme a la realidad hablada, todo lo cual se lleva a cabo bajo narcosis y con un mínimo de molestias.
-¿Pueden ustedes predecir cómo me sentiré cuando salga del estado de estupor?
-Si, por supuesto -dijo el Director-. Se sentirá libre. La muerte es asunto fatal en la medida de que debe ocurrir. Que sea, pues. Así se lo reconoce y por ello en todas las lenguas es, muy razonablemente, un sustantivo contundente. Pero hay una falla del cerebro cuando se trata del sistema de las emociones asociadas a la conjugación verbal de morir que hace que la acción sea de larga, eterna, duración. Me explico, quien se muere termina sustantivamente su vida, pero para quienes se duelen, el muerto sigue muriendo verbal e indefinidamente. Eso no está bien.
-Es cierto.
-Nuestros muertos se nos mueren a cada rato, no? -y no esperó respuesta- no se trata de la memoria de las circunstancias y el tiempo en que ocurrió la muerte, es mas un asunto de impotencia y esperanzas frustradas, y de ausencia. No alcanza con determinar el día y la hora del fallecimiento para darle sentido real a lo absoluto del hecho de la muerte, así no se consigue realizar la verdad, evidentemente que no, y el resultado de esa imposibilidad es el dolor del duelo que prevalece. Nada nos ampara, cada vez es el mismo dolor, y ninguna receta religiosa nos da la suerte de una resignación de golpe.
-¿Cómo lograría su método que yo dejara de andar con el féretro a cuestas?
-Inyectaríamos en su cerebro la aceptación irrestricta de las conjugaciones verbales de su lenguaje natural e inundaríamos su mente con la realización en tiempo pasado de la acción irreversible del que ha muerto. Todas las emociones dolorosas asociadas se perderían en la conjugación, ya que habrán sucedido y quedado atrás, y usted se liberaría de la pena de soñar en los sueños, de ver pasar su silueta, de apoyar sus cenizas en cada recuerdo -hizo una pausa, y como encontró silencio, continuó-. Parte de lo que le ofrecemos es que todo cuanto modifiquemos jamás se perderá. La conformidad de su cerebro con la inevitabilidad del pretérito servirá para cualquier acción realizada, suya o ajena. Con este sistema desaparecerán también arrepentimientos duraderos, prolongación de los fracasos, culpas largas, en fin, toda clase de emociones paralizantes a las cuales puede usted hacerse perfectamente la idea.
Entonces, algo se abrió paso en su mente y se asustó.
-¡Pero así perdería también el cariño! -exclamó.
-¡Decididamente! ¡Pero si el dolor que usted padece no es más que el resultado de su indefensión frente al cariño que no murió ni muere mientras usted vive después del muerto! -y con menor énfasis agregó- Se sentirá mejor, lo aseguro, tendría que esperar para saberlo.
-Si, claro -dijo, ya levantándose-. Son ustedes traficantes hábiles, pero su método es más mortífero que la muerte misma. Prefiero no borrar a mis muertos.
-Muy bien, su posición es respetable, pero permítame advertirle algo -dijo todavía el Director mientras le mostraba cortésmente la salida-. No puede hablar con nadie sobre nuestros métodos, existe una cláusula de confidencialidad al efecto de que el próximo cliente potencial sea informado por nosotros sin que lo influyan los prejuicios de quienes no aceptaron nuestros servicios.
-Una firma que trabaja bajo supuestos científicos tan deficientes no debería tener ningún cliente -respondió, también cortésmente.
Y acto seguido, cerró la puerta a sus espaldas.

Una vez afuera, pensó que al menos aquella muerte que le dolía tanto estaba en buenas manos. ¿Se sentía mejor por no haberla renunciado? No, no le parecía, no ahora, tal vez después.

«Si, tendría que esperar para saberlo», presintió.

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