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a vuestra salud!

 

Entonces me dijo,

Tócala Sam, por los tiempos que pasan.

Estaba sobria pero traía una copa en la mano, así que rehusé porque, porque, en realidad ahora no se cómo explicarlo, salvo que tenía órdenes que cumplir y no me gustaba la idea de verla entregada a su dependencia. Pero me miró un rato en silencio y después dijo que si la vida sobria la impulsaba de una manera u otra a beber, o le proponía el primer paso a la adicción, era yo muy ingenuo al creer que reforzando su estilo particular de sobriedad podría ayudar a que controlara su alcoholismo. Si me lo pensaba un poco, siguió, yo tenía que aceptar que había una patología contenida en su estilo de sobriedad, y que la intoxicación era lo que le proporcionaba la corrección de ese error. A mí, que normalmente se me escapan los sentidos de esa clase de argumentos, la idea me pareció muy clara. Entendí que comparada con la sobriedad, que de algún modo le era equivocada, la intoxicación tenía que ser para ella, de algún modo, acertada. Y todavía estaba tratando de descifrar dónde estaba la trampa, cuando entre risas me dijo,

El mundo es una mezcla de errores contradictorios, Sam, es imposible derivar un sistema coherente de teoremas de un sistema incoherente de axiomas, no esperes de mí que caiga en grupos anónimos, o en las redes del psicoanalismo, o en la teología cristiana. Supongo que podría rendirme ante la evidencia de mi rendido autocontrol, pero preferiría no ser uno de esos casos promisorios para que los ajenos intenten mi salvación. No me condenes a esas cosas que no son para nada elegantes por favor, ¿si?

Si, fue su risa lo que terminó por convencerme, se reía de su propia sumisión, así que toqué la pieza tantas veces como a ella se le antojó, mientras la miraba beber.
Quise descansar, pero más tarde, en la primera pausa larga, se acercó otro ya ebrio, reticente y con la sonrisa coartada, pero igualmente doblegado por la dependencia,

La tocaste para ella, podrías tocarla para mí. ¡Tócala!

Decididamente, señor, este es un bar de borrachos orgullosos de su filosofía periférica. Ninguno de los de acá extrae complacencia de lo que han logrado, pero tampoco de lo que no han podido. He visto batallas heroicas contra la botella que terminan con “un besito y seamos de nuevo amigos”, y también he visto perderse a todos los que pactaron su claudicación. Si señor, hubo quienes se recuperaron, pero ésos partieron y andan por ahí mimetizados con la vida convencional, por cierto que no son quienes dejaron recuerdos en este bar.
En fin, estoy sentado al piano desde temprano, déme unos momentos para que me busque una copa y tocaré de nuevo para usted… ah, disculpe que no le haya preguntado antes si quería servirse algo de beber,

¿también usted tiene sed?

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