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si la información es noticia de una diferencia,
la diferencia está en que me salvaste la vida
gracias

Capítulo intermedio (extraído de la mitad):
Aquella pensadora racional

Existió una cadena de sucesos que me puso a 77 cm del borde de esa calle, y a un hiato de hasta 3.8 mm de un furgón, que es susceptible de ser analizada. Pensando, yo siempre me creí una persona lista, tal vez no la más rápida, pero ¿qué importa con tal de que encuentre la respuesta correcta? Y no es que encuentre necesariamente la respuesta verdadera.
Pero sí la válida.

Capítulo temprano:
Aquello que razonablemente debía suceder

Había estado esperando que fuera miércoles, y no era mi turno para hacerlo, pero quería tomar el trabajo de exhumar un cadáver y extraer una de sus manos. Una mano para ser trozada, para degradarla a lo microscópico y analizarla con fotometría infinitesimal. Dirán ustedes «¿para qué toda una mano si se necesitaban unas pocas moléculas?» Y yo les diré, «no sean molestos, les basta saber que así se hace esto, ¿ok?»
La vida me enseñó algunas cosas, y quién sabe en boca de quién las escuché primero, pero estas dos había experimentado: «Hay un Solo Modo de Hacer las Cosas, Bien» y «Si Quieres Sangre, la Tendrás».
Eran vísperas de elecciones presidenciales pero no me importaba, ese miércoles yo buscaba otro tipo de descomposición.
Créanme cuando les digo que cuando llegué a la oficina cantaba, y que eran canciones de amor.
¿Da placer el trabajo bien hecho? No puedo hablar por ustedes, pero a mí y a mi colega nos place, así que la tomé del brazo y nos largamos al Cementerio Municipal, como niñitas que salen a jugar.
A guillotinar barbies.

Capítulo intermedio inicial:
Aquellas premisas falsas

Entramos por una calle lateral, la de los puestos de flores, y como mastines, uh… no, ¡no! como niñitas, fuimos a buscar los restos que los demás ya estarían desenterrando. Había llovido y se nos hundían las sandalias de marca en el barro, caminábamos pero no encontrábamos la fosa, el sepulcro, la bóveda, los efectivos policiales, los sepultureros, los nichos, los desoldadores, el féretro, las caras descompuestas, los periodistas, los curiosos, los funcionarios judiciales, los huesos del cadáver, la camioneta, los agentes municipales, los deudos, las moscas ni los abogados de las partes, así que en cada recodo nos deteníamos para preguntar a los de por ahí. Parecía que todos conspiraban para decirnos que no habían visto, olido ni escuchado nada cuando, al mismo tiempo, desde el móvil me informaban que el procedimiento se realizaba en un extremo distal.
Cuarto de hora después de explorar rabiosamente pero sin éxito todos los rincones, con repentina lucidez me planteé si estaríamos todos en el mismo cementerio.
No, no fue una cosa que hiciera bien.
Bien idiota sí, eso sí.

Capítulo intermedio (reintegrado en la mitad):
Aquella derivación analítica

Desanduve con mi colega el camino barroso y frustrante, pero al menos perfeccionaba el sentir mi estupidez mascullando todavía canciones de amor y poniendo cara de nada a los de ahí que preguntaban por nuestra retirada (malditos sean ellos y sus sonrisas). Al salir del cementerio supuse de una vía la calle que era doble y casi me aplasta un furgón al momento mismo de empezar a cruzar.
Muy poco sentí, primero me arrastró hacia atrás un tirón violento y después vi cómo el conductor frenaba el vehículo y su ritmo cardíaco en las precisas coordenadas que mi colega me hiciera abandonar. No hubo tiempo para miedos ni para alivios, sólo para un agradecimiento tranquilo. Otra fue la cuestión para el conductor que descargaba adrenalina gritándome, pero lo que yo sentí fue, más que nada, más y más estupidez, como bien afirmarían los testigos (y malditos sean esos sonrientes, otra vez).
Querían sangre y no la tuvieron.
Paciencia, tampoco la tuve yo.

Capítulo intermedio final:
Aquella consecuencia lógica

Ya en la oficina me mostraron la mano primorosamente hundida en la sal del recipiente, y no pregunten el porqué de la sal porque me fastidian. Todo lo que debía hacerse había sido hecho bien y a horario, y según lo indican los protocolos.
Yo no lo hice bien, y la sangre la tuve en el rostro, no donde yo quería.
Mis errores no impidieron ni favorecieron nada.
Pero mi oficina se llenó de moscas.

Capítulo tardío:
Este epílogo

En la edición del diario local del día siguiente las noticias hablaban de encuestas electorales, proyectos de ley y, por supuesto, del procedimiento realizado en el cementerio. Quedaron fotos, declaraciones y especulaciones.
Ninguna noticia de un accidente no sucedido por un rescate efectivamente ocurrido.
No, en ningún título ni en ninguna foto estábamos yo ni mi salvadora, pero lo peor fue darme cuenta de que tampoco hubo un titular que realmente lo merecía.
La decepcionante conclusión:

Podría ser falaz lo que te enseña la vida.

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