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porque el mundo entero ejerce de actor
por vos, de nosotros, a mí

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Parece ser que la capacidad de registrar el mundo visual se desarrolló en mí a una edad más temprana que la esperada. Yo tomé vaga noticia cuando, a mis siete años, la maestra se llevó mi cuaderno y lo mostró a las otras, a la directora y a la psicopedagoga de la escuela. Después se lo dijeron a mamá.
Se trataba de ilustrar una canción infantil, recuerdo, así que yo dibujé una ronda de enanos con sombreros altos. Todavía tengo memoria de la sensación de conquista y desplazamiento en la cabeza cuando al imaginar la ronda los enanos se ordenaron. Mamá me explicó más tarde que lo que causó extrañeza era que algunos enanos estaban dibujados de espaldas.
E hice muchos otros dibujos a partir de ahí.

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Al principio los niños no copian el modelo, dibujan de memoria y lo que creen importante sin que les interese lo que están viendo ni lo que se imaginan de las cosas. Un niño de 5 a 7 años pone dos ojos en un perfil y dibuja los brazos dentro de las mangas porque eso es lo que honestamente sabe acerca de lo que está dibujando.
Estas pinturas son como radiografías, por lo que es lícito decir -como hace Bühler- que los artistas de esa edad son más simbolistas que naturalistas, y que el parecido total cede ante los rasgos esenciales y permanentes del objeto. Son entonces descriptores de una realidad en gráficos que no se ata a la continuidad en el tiempo ni en el espacio.

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En la primavera de ese año fui segunda en el concurso de pintura de la escuela. El primer premio, la bicicleta, fue para un alumno de sexto, a mí me entregaron una decepcionante paleta de acuarelas.
Del dominio de la realidad esencial al dominio de las representaciones, con siete años yo era una artista que veía desde ángulos fuera de mí a las cosas e inesperadamente las dibujaba en perspectiva. Pienso que yo era más sensible a la realidad de las apariencias que a las esencias, y que por esa causa me premiaron.
Y seguí viendo en mi cabeza las imágenes, los nombres y los mapas de las cosas a partir de ahí.

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Pasando a la segunda fase, los niños sienten la línea y las relaciones entre las partes, hay mayor atención en los detalles, de modo que los dibujos enteros son embriones del aspecto verdadero de la imagen de las cosas.
En la tercera fase la representación es veraz, aunque no refleje las perspectivas ni la plasticidad del objeto, que suele dibujarse proyectado sobre el plano. Son muy pocos los niños -dice Kerschnesteiner- que superan sin ayuda de profesores la tercera fase. Si hasta los 10 años podemos encontrarlos como rara excepción, a partir de los 11 años empieza a distinguirse un determinado porcentaje de niños capaces de representar ampliamente el objeto.
Es recién en la cuarta fase, cerca de los 13 años, que las cosas se representan con volumen, perspectivas y sombras, se les comunican movimientos, transmiten posturas y consiguen brindar en mayor o menor grado la impresión plástica del objeto.

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Yo quiero intentar razonar, pero las conclusiones son paradójicas. Sombrear para dar idea de volumen e iluminar requiere técnica, igual que deformar para ubicar las cosas en perspectiva de espacio, pero aún así cabría esperar que fuera más fácil empezar a pintar como se ve. Debe ser entonces que todo esto tiene otro sentido, si es que dar la imagen o impresión real en detrimento del ser del objeto, es el grado más alto y perfeccionado al que se puede llegar.
Y mientras conquistaba el principio puramente visual en la percepción del mundo, me volvía espectadora. Vi que ciertos engaños son aceptables y que el lenguaje puede usarse para mentir, vi tácticas de disimulo tan refinadas como obras de arte. Vi la mala impresión que provoca el deseo de causar una buena impresión.
Y seguí buscando la mentira perfecta sobre lo que somos a partir de ahí.

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Las investigaciones -como las de Luquet- marcan que entre los 10 a 15 años ocurre un enfriamiento en el impulso a dibujar. La mayoría de los niños quedan ya de por vida en la actitud en que los sorprende, y los dibujos del adulto que nunca se dedicó a dibujar se diferencian muy poco en este sentido de los dibujos de niños de 9 a 10 años que terminan el ciclo de interés por el dibujo. Muchos que renuevan el impulso, asimismo lo abandonan. Los adolescentes entrevistados que no consiguen superar la transición de la pintura radiográfica y plana, y se desaniman, ven sus obras como parodias de lo real. Suelen decir «No lo sabemos hacer bien y hacerlo como sabemos no vale nada».

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En estas épocas de imágenes editadas, de personalidades virtuales y personajes digitales, muchos claman por una realidad no engañada. Pero yo, que antes dibujaba como naturalista, prefiero no considerar este ajuste en las apariencias sino como un desplazamiento del significado hasta cuya última capa es de verdad, y no una desviación humana.
Todo cambio en la imagen de cada uno marca el nivel de la inteligencia innovadora y autocorrectora, y puede observarse cómo los así revestidos vencen y cuáles son sus derrotas. Es que para mentir se necesitan fantasía, pensamiento analítico, capacidad combinatoria, planificación estratégica y buena memoria.
Yo veo las transformaciones que la gente ensaya como trajes a la medida y configuración de sus expectativas. No sería elegante pedirles que se quiten las ropas y tampoco hace falta ver la cómica verdad, he aprendido a ver cuánto más desnuda está la gente que desnuda, en el escenario de sus deseos y con esos disfraces sobre la piel trivial.
Y yo dejé el dibujo, pero con honores, y ya no me pregunto sobre la cara de cada uno que es uniforme para todos y meramente existe, porque el reverso en la imagen de la verdad tiene mil aspectos y un campo indefinido desde donde partir.
Desde ahí.

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