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El miércoles diez de diciembre aplasté a un gatito.

Esto fue lo que sucedió. Cuando circulaba hacia los números descendentes visualicé un gatito en la actitud juguetona de cruzar imprudentemente la calle. Sus características más particulares eran color negro uniforme y todos los pelitos parados, como ocurre cuando han nacido hace poco. Yo iba a muy baja velocidad, y frené, pero el gatito se percató de la aproximación del vehículo y reemprendió precisamente entonces la marcha, resultando entonces su intersección con el neumático delantero del lado del acompañante. Se percibió un chasquido y cuando fue suficiente la distancia y se detuvo al fin el auto, miré hacia atrás y ví al gatito. La mitad posterior -según se mira a un gato normal- estaba completamente aplastada contra el pavimento, y la mitad anterior se debatía erguida en el aire, cabeza y patitas ondulando.

Me quedé unos minutos ahí, sin saber que hacer. Atrás, en el medio de la bocacalle anterior, otro vehículo estaba detenido. Después reanudé muy lentamente mi camino. Hasta donde fue visible, el gatito seguía agitando las metáforas de su saludo, pero por más tiempo pude ver que el otro auto ni se movía.

Mientras me alejaba pensé muchas cosas, pero más que nada en que debí haber rematado al gatito en agonía ¿Pero cómo hacerlo? ¿bajar y aplastar su cabeza con mis manos o mis pies?  ¿dar la vuelta con el auto y calcular la trayectoria que explotaría la otra mitad? ¿pasarle dos o tres veces por encima? ¿retirarlo para que muriera dolorosamente en un borde? ¿debía acariciarlo? Mierda, no pasaba ningún otro auto que terminara la tarea y el de la esquina seguía sospechosamente en el mismo lugar, o más bien acusadoramente. Me angustiaba por el gatito desordenado, eran tan recientes sus últimos minutos caminando torpe y lo estaba viendo ahora, hecho un asco.

¿Sienten la transición los gatos? ¿Son los ángeles de la eutanasia tan cobardes? 

Hasta que llegué a la oficina, no pude dejar de examinar lo que había hecho y no hecho, estaba desolada en más de un nivel y varios se contradecían. Ya en mi casa al mediodía, preparando el almuerzo, me asaltó la sensación de haber olvidado algo ilustrativo de cosas muy importantes. ¿Qué era?

Ah si, el gatito.

– cogito –

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