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El verdadero estado de felicidad es el que no depende de las ocasiones felices, pensaba ayer.

La felicidad no es un estado que carezca de densidad, y si lo acumulamos con las penas, les aplastará las aristas más agudas y ya no se verán tan bonitas en las lamentaciones.
Pero si volcamos ocasiones felices en el estado de angustia, que es más fluido que denso, se diluirá casi toda la alegría.
Estas felicidades tristes siempre son lindas de ver, creo.

Hay estados mixtos con fórmulas desconocidas que tienen, más que imagen, un sabor desconcertante.
Nótese, por ejemplo, que ayer nos reunimos con quien cumplió dieciocho y no sabe qué hacer de su vida -como no sea no hacer nada– y con quien no sabe qué hacer con su miedo a perderla -como no sea no dejar de hacer todo-.
Y si el cumpleaños de uno pasó sin penas ni alegrías, lo cual, en definitiva, fue una pena, el acontecer del cumpleaños del otro, a pesar de la gravosidad de la pena, será una alegría.

Y ahí estaba yo ayer, feliz con mis ganas de llorar, pensando que la vida tiene propiedades globales muy interesantes.

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