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Extendida boca abajo en la cama, bien tapada con plumones, sobre mi espalda la gata tan estirada como yo. Y más arriba de la gata, el viento del ventilador. 

Afuera no es día para plumones, la siesta del sábado ruge sus treinta y pico de calor.

Magnífica sensación de que todo está acomodado y plácido, que nada me encontrará aquí donde estoy. Es oportuno poner a prueba su solidez, pienso. Pruebo con recuerdos tristes, nada. Pruebo con estos sueños que no sabía que tenía, y nada. Sólo me sobreviene la suavidad precisa de este mundo.

Mi mente está vaga, salta de los crujidos de las puertas a los retumbes de los truenos. Ojalá que llueva hoy.

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